Lejos quedaron las imágenes de playas abarrotadas y largas filas para conseguir una mesa. Mar del Plata, la ciudad balnearia más emblemática de Argentina, se transforma completamente cuando el verano dice adiós. Entre abril y noviembre revela su lado más auténtico, ese que muchos viajeros buscan pero pocos descubren. Conseguir pasajes a Mar del Plata desde cualquier punto del país resulta sencillo durante esta época, con frecuencias regulares incluso desde las provincias más alejadas.
¿Has contemplado alguna vez el mar embravecido mientras caminas abrigado por la costa? La experiencia de recorrer la rambla marplatense cuando sopla el viento patagónico tiene algo hipnótico. Las olas rompen con más fuerza contra las rocas y el sonido del océano parece amplificarse cuando no compite con el bullicio veraniego.
Los pescadores locales se adueñan nuevamente de sus espacios en la escollera, mientras las gaviotas sobrevuelan esperando algún descuido para robar parte de la pesca. Esta postal, tan característica de la ciudad, cobra un sentido distinto cuando uno puede observarla sin prisas ni multitudes alrededor.
La cocina marplatense mantiene sus hornos encendidos durante todo el año. Los restaurantes históricos del puerto, esos donde el pulpo a la gallega y la paella marinera son religión, atienden con dedicación especial a quienes visitan la ciudad fuera de temporada.
Sin las prisas del verano, los cocineros parecen tomarse más tiempo para explicar recetas y orígenes de cada plato. Algunos incluso se animan a salir de sus cocinas para charlar con comensales, algo casi impensable durante enero o febrero. Pedir una mesa junto a la ventana para contemplar el mar mientras se disfruta un buen vino ya no requiere semanas de anticipación ni costos estratosféricos.
El circuito cultural marplatense cobra protagonismo cuando bajan las temperaturas. El Teatro Colón local, joya arquitectónica de principios del siglo XX, programa conciertos y espectáculos durante todo el año. Lo mismo ocurre con el Museo MAR (Museo Provincial de Arte Contemporáneo, donde las exhibiciones de arte contemporáneo se renuevan constantemente.
Los edificios emblemáticos de la ciudad, desde el Hotel Provincial hasta la Rambla, pueden ser fotografiados sin personas cruzando constantemente el encuadre. Las visitas guiadas por el casco histórico adquieren otro ritmo, más pausado, permitiendo realmente absorber datos y curiosidades que los guías comparten con entusiasmo.
El trato en hoteles y hospedajes cambia notablemente durante los meses de la temporada baja. Sin la presión de cientos de check-ins y check-outs diarios, el personal dispone de tiempo para atender necesidades específicas de cada huésped. Muchos establecimientos ofrecen servicios adicionales que serían impensables en verano, desde desayunos más elaborados hasta recomendaciones personalizadas. Sin mencionar el bullicio del verano, que durante los meses de otoño ya no interrumpe un desayuno tranquilo en el hotel.
Los precios, como resulta lógico, experimentan una reducción considerable. Habitaciones con vista al mar que en enero costarían pequeñas fortunas se vuelven accesibles para presupuestos más acotados. También están los hoteles boutique, generalmente imposibles de reservar en temporada alta, que en otoño abren sus puertas con tarifas especiales para quienes buscan una experiencia diferente.
Lo que nunca se dice de Mar del Plata es que no es solo playa. La -no suficientemente famosa- Sierra de los Padres, está a apenas 20 kilómetros del centro y ofrece a sus visitantes circuitos de trekking (o caminata) con vistas panorámicas incomparables. En otoño e invierno, cuando la vegetación cambia los colores, este paisaje serrano alcanza su máximo esplendor. Y para nosotros -habitantes de la patagonia- no se trata de una temperatura que califique como realmente fría. Podríamos decir que es en general bastante templado y agradable, ideal para caminar en la naturaleza y apreciar el paisaje.
Por su parte, las bodegas de la zona realizan degustaciones más exclusivas durante estos meses, adaptando sus vinos a las temperaturas frescas. Los pequeños productores de quesos y conservas mantienen sus tranqueras abiertas para quienes buscan sabores auténticos sin el tumulto veraniego.
Por esto y mucho más, no dejemos de contemplar a Mar del Plata como un gran lugar para visitar en otoño. Son muchas las ventajas y sólo al ir uno confirma que, “la Feliz”, es feliz durante todo el año.